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Relato enviado por:
Lachlainn
Calificación del Relato
Lecturas
13495
Enviado el:
2004-04-20
 Español Familiares Orgias y Trios
La Horrible Duda (1. Como Empezó Todo)

Resumen:
¿Con cual de ellas…?. ¿O fue con ambas?. No estoy seguro, y la duda es terrible, pero no me atrevo a preguntar...


Carla tiene 26 años. Es una mujer de las que hacen volver la vista, aunque yo no la había mirado nunca de esa forma. ¡Es mi hermana!. A principios de junio, apareció una noche en mi casa toda llorosa, y me contó que acababa de romper con Luis, su novio desde los 22, con el que llevaba conviviendo casi dos años. En mi casa hay una habitación libre, de forma que no tenía ningún problema para alojarla, y se instaló provisionalmente, “hasta que encuentre algo”. No me importó, siempre nos hemos llevado muy bien, y por aquel entonces yo también vivía solo. Además, estoy seguro de que si alguna noche hubiera llegado acompañado, a Carla no le habría molestado, que ella es muy discreta.
El mes pasó volando, y para el veintitantos, una noche después de cenar surgió el tema de las vacaciones. Resultó que ambos las disfrutábamos en agosto, y no sé muy bien cómo, nos decidimos a alquilar un apartamento en la playa para los dos. Tampoco entonces me pareció nada del otro mundo, que ya he dicho que nos llevábamos muy bien, y al estar ambos sin pareja… Seguro que lo íbamos a pasar muy bien, y si alguno de nosotros encontraba a alguien, pues bueno, somos mayorcitos ya, nuestros padres nos educaron un tanto liberalmente, y ni a ella ni a mí nos parecería mal que el otro llevara compañía al apartamento. Eso pensé.
Hicimos los arreglos con una Agencia. Resultó que era algo tarde ya, y que casi todo estaba alquilado. Al final, nos ofrecieron un pequeño chalet al lado mismo de la playa, pero “apartado del bullicio” (o sea lejos de la ciudad) con dos dormitorios, un amplio salón, una terraza con muebles de junco, un baño y un aseo. Se veía bien en las fotos, y aunque el precio era algo alto, pagado a medias… Total, que dimos la señal.
No volvimos a hablar del tema hasta finales de julio. La verdad es que, a pesar de vivir en la misma casa, nos veíamos muy poco, un momento por la mañana, porque ella se levantaba casi cuando yo salía, y por la tarde cuando llegábamos de trabajar. Cenábamos juntos casi todos los días, algunas veces mirábamos un programa de TV, y luego, cada uno a su dormitorio, y hasta el día siguiente. Sería como el día 25 cuando una noche ella me dijo que había hablado con su amiga Mariluz, que tampoco tenía plan para el verano, y que si no me importaba ser tres en lugar de dos. No me importó, por supuesto, que yo conocía a Mariluz aunque llevaba algún tiempo sin verla, pero recordaba que estaba muy, pero que muy bien.
Y llegó el día de la marcha. Cargamos mi coche con el equipaje de los dos, dejando sitio para el de Mariluz, y nos fuimos a buscarla. Luego, nos pusimos en carretera, charlando animadamente. Yo conducía, Carla se sentó a mi lado, y Mariluz detrás. Habíamos salido tarde, hacía calor, y como una hora después, Mariluz dejó de participar en la conversación. Haciendo un medio quiebro con la cabeza, miré por el retrovisor, y estaba dormida, pero no fue eso lo primero que vi. Lo primero, es que tenía la falda subida hasta la cintura, y mostraba (¿inocentemente?) la entrepierna de unas braguitas blancas de encaje, que dejaban traslucir perfectamente un triángulo más oscuro sobre el refuerzo.
A partir de ese momento, tuve que hacer grandes esfuerzos para no quedarme mirando fijamente en detrimento de la atención a la carretera. La vista de Mariluz me había producido una erección instantánea, producto mayormente de los tres meses que llevaba sin sexo. Me volví hacia Carla, y tuve también que volver la vista apresuradamente. Mi hermana se había puesto una minifalda, que tenía inevitablemente subida hasta casi las ingles, se había desabrochado dos o tres botones de la camisa de manga corta que llevaba, con lo que quedaba al descubierto su sujetador negro y casi la totalidad de sus pechos. Ya he dicho que nunca he visto a mi hermana como una mujer, y más que pensamientos pecaminosos, me produjo un poco de “corte” la visión de sus senos, y sus preciosos muslos. Así que en lo sucesivo, me obligué a mirar fijamente hacia delante.
A la una y media llevaba ya casi tres horas conduciendo, y necesitaba imperiosamente hacer una “parada fisiológica”. Una señal informativa me indicó que había un restaurante cercano, y tras consultarlo con Carla (Mariluz seguía sin dar señales de vida) decidí que aquel sitio era tan bueno como cualquier otro para comer.
Una vez detenido, me volví hacia la amiga de mi hermana. Seguía en la misma postura, pero la falda se había subido aún más, con lo que quedaba al aire la totalidad de sus braguitas, hasta el punto que pude ver una porción de su vientre sobre el elástico. Casi balbuceando, le pedí a Carla que la despertara, y huí hacia los baños, donde tuve ocasión de experimentar de nuevo lo difícil que es orinar cuando se tiene una erección como la que mantenía desde hacía rato.
Cuando terminamos de comer, les ofrecí a las chicas las llaves del coche, porque me estaba empezando a tentar también el sueño. Carla se brindó a conducir, y yo imaginé que Mariluz se sentaría en el asiento del copiloto. Pero no, se vino conmigo atrás, entre las risueñas protestas de Carla, “voy a parecer vuestro chofer”. Me acomodé y eché la cabeza hacia atrás, sin querer mirar a Mariluz, y me dejé invadir por la modorra, ese estado en el que no estas dormido ni despierto, sino todo lo contrario. Cuando al rato sentí sus pies desnudos sobre mis muslos, abrí los ojos y me incorporé inmediatamente. Se estaba tumbando a todo lo largo del asiento, sujetándose la falda sobre el pubis, y (¿sin querer?) al hacerlo me rozó el paquete, que empezó a ser de nuevo ostentosamente notorio. Una vez que se hubo acomodado, cerró los ojos, y soltó la falda, que de nuevo me permitió ver la totalidad de sus piernas y sus braguitas. Se me pasó el sueño como por ensalmo.
Los siguientes kilómetros fueron un suplicio. En dos ocasiones encogió ligeramente las rodillas durante unos minutos, con lo que se le formaron esos huequecitos entre las bragas y las ingles, ya saben, que siempre me tientan a meter el dedo por ellos. Y la segunda vez, su pie quedó decididamente apoyado sobre mi entrepierna, con los efectos que se pueden imaginar. Finalmente, no tuve más remedio que pedirle a Carla que parara un momento, para sentarme a su lado “y dejar dormir a Mariluz tranquilamente”. Carla me obsequió con una mirada irónica, pero no dijo nada.


Por fin llegamos a nuestro destino, y tras preguntar a un policía de tráfico, dimos con la dirección, donde nos esperaban con las llaves. Una rápida inspección de la casa nos indicó que había sido recién limpiada, lo que siempre es de agradecer. De los dos dormitorios, el más grande estaba equipado con una cama de matrimonio e incluía el baño, mientras que el otro tenía dos camas individuales. La elección fue fácil: ellas se quedaron con el de las dos camas, y yo el otro.
Después de deshacer el equipaje, decidimos salir a comprar lo más necesario, para tener al menos desayuno para el día siguiente, ya que no pensábamos cocinar en todo el mes. Yo estaba deseando darme una ducha, pero se me adelantaron, y entraron juntas en el de mi dormitorio.
Por cierto. ¿Se han fijado alguna vez en lo curioso que resulta que dos mujeres no tengan ningún reparo en entrar juntas al aseo, mientras que el mismo hecho es impensable entre dos hombres?. Bueno, ahí queda para los sicólogos o sexólogos, o quienes corresponda explicarlo.
Después de lo ocurrido en el viaje, es fácil imaginar que mi fantasía volaba, mientras esperaba sentado en la cama que me había tocado en suerte, y recreaba imágenes de dos cuerpos femeninos desnudos en la ducha, que intentaba apartar rápidamente, porque una de ellas era mi hermana. Pero la imagen mental volvía una y otra vez, para mi suplicio. Como llevaba puesto sólo un pantaloncito de baño, decidí disimular lo que se imaginan con una toalla puesta sobre mis muslos. Y el rumor del agua de la ducha, y las risitas que oía casi de continuo a través de la puerta cerrada, no contribuían en nada a calmarme, así que me fui a la sala de estar.
Carla salió primero. Para pasar de mi dormitorio al otro, forzosamente tenía que atravesar por delante de mí, cosa en la que yo no había pensado. Carla no es una exhibicionista, y en mi casa solo un par de veces tuve una fugaz visión de su cuerpo en ropa interior, imagen que no me turbó en absoluto. Pero aquello… Llevaba una toalla sujeta en torno a la cintura, que alcanzaba justo a taparle “hasta ahí”, y nada más, aunque se cubría pudorosamente los pechos con los brazos cruzados. Bueno, es mi hermana, ya lo he dicho, y nunca había tenido ningún pensamiento obsceno. Hasta ese momento. Me dirigió una sonrisa como turbada, entró en el dormitorio que compartiría con Mariluz, y cerró la puerta. Y, ahora sí, me fui a esperar a la terraza, para no ver a la otra chica salir del baño. Ni modo.
Me llamó desde el umbral de mi dormitorio, para avisarme de que ya habían dejado libre la ducha, e instintivamente, me volví. ¡Ojala no lo hubiera hecho!. Imagínense el tanga más pequeño que puedan. Pues era aún más pequeño, se lo prometo. Eso por abajo. Por arriba, nada, sólo las manos sobre sus senos, tapando apenas sus pezones. ¡Ah!, y una toalla arrollada a la cabeza, recogiendo su pelo rubio ceniza, largo hasta las caderas. Huí al interior del cuarto de baño, donde antes de ducharme hice lo que me habían obligado a hacer. Solo que la calentura no disminuyó.

Una vez en la zona comercial, ellas me dijeron que iban a comprarse unos bikinis (¿por qué las mujeres se compran siempre un bikini el primer día de playa?) y a la “pelu”, y a mi me tocó el “super”. Quedamos citados en la terraza de una cervecería cercana. Cuando llevaba casi una hora esperando, e iba ya por mi segunda “Spaten” tirada lentamente, como mandan los cánones, empecé a fijarme en una mujer como de 25 años, que estaba sentada sola, leyendo un libro. ¡Caramba, era una preciosidad!. Llevaba un vestidito de esos de una pieza, de tela liviana, estampado con flores, que por arriba se sujetaba con dos cintitas a unos hombros redonditos, muy tostados por el sol. Tenía unos pechos redondos, descaradamente altos, y se notaba fácilmente que entre ellos y el vestido no había nada. Aunque tenía las piernas cruzadas, la falda cortita estaba púdicamente subida solo hasta la mitad de dos muslos bronceados y muy bien hechos. Melena corta, de color castaño, unas gafas de esas sin montura, que tienes que fijarte para ver que están ahí, el ceño graciosamente fruncido, y unos labios rellenitos, que tentaban a mordérselos.
Como yo no le quitaba ojo de encima, pasó lo que tenía que pasar, y es que me sorprendió mirándola fijamente. La primera vez, bajó los ojos rápidamente. La segunda, sostuvo mi mirada unos segundos. A la cuarta o quinta, creí notar un esbozo de sonrisa (¿invitadora?). Decidí averiguarlo, y me puse en pie. Y en ese momento, ¡zas!, una mano que me tapa los ojos juguetonamente, y dos pechos pegados a mi espalda. Para cuando Mariluz quitó la mano, mi desconocida se levantaba, me pareció que con cara de enfado. ¡Un posible plan que se había ido a la porra!. Me sentí estafado. Estaba con dos mujeres, pero una era mi hermana, y con la otra, pues era todo un problema intentar algo, entre las dos me habían puesto recaliente, encuentro una posibilidad de “ligar” y me la chafan. ¡Las hubiera matado!. Bueno, ni modo.
La única compensación es que estaban guapas de veras. Se habían cortado ambas el cabello muy cortito “para estar fresquitas”, y no hay para mí nada más incitante que el cogote descubierto de una chica, para morderlo suavemente y…
Me obligué a pensar en otra cosa, que ya volvía a las andadas.
Para entonces ya eran más de las 20:30, así que dimos un corto paseo, y luego nos sentamos a cenar al aire libre en un restaurante especializado en pescado. A eso de las 23:00, después de unos cafés y unos helados tras una deliciosa fritura variada acompañada de ensalada, Carla (que era la única que no había dormido nada durante el viaje) empezó a bostezar ostensiblemente, así que decidimos dar por finalizado el primer día, y nos fuimos a casa.
Escarmentado por la historia del baño, prendí la TV y empecé a cambiar distraídamente de canal, para darles tiempo a utilizarlo antes de ponerme el “traje de noche”. Pero no, que se fueron directamente a su habitación. Unos minutos después, estaba a punto de apagar el televisor, cuando salió Mariluz, y se sentó a mi lado. Tengo que describir lo que vi:
Por encima, un somero sujetador de bikini, que tapaba justito los pezones, que abultaban claramente la tela. Por debajo, un pareo bien ceñido a sus caderas. Pero al sentarse, se ajustó a sus nalgas, marcando perfectamente la separación entre ellas (¿tanga, o nada? -pensé-).
- ¿Qué miras?.
- Nada en especial -respondí-. Estaba a punto de acostarme.
- Tu hermana ha caído en la cama como un cesto -replicó-. Pero yo no tengo sueño, y pensé que, a lo mejor, querrías charlar un rato, mientras tomamos algo.
¡Claro que “querría”!. Se lo dije. Mariluz se levantó, y se fue hacia una pequeña nevera, que yo había aprovisionado con el resultado de mis compras de la tarde. Y entonces fue cuando la abrió, y la luz interior hizo transparente el pareo, fino como una gasa, que la cubría por debajo.
¡Y era “nada”!. Miren, cuando una chica lleva braguitas, la abertura entre las piernas vista al trasluz, es lisa, más o menos abultadita, pero lisa. Y a ella la tenía muy abultadita, pero se le veía perfectamente sobresalir un penachito de vello, o quizá los labios menores de su vulva. Y ¡hala!, yo volví al estado que ya podía considerar casi normal aquel día.
¡Menos mal que preparó flojita la cola con whisky que le pedí, porque tuve que acabármela de un trago, para tratar de extinguir mi incendio interior!. Pero como si nada, que aquello tenía una, y sólo una, forma de remediarse. Empecé a pensar que a lo mejor, con mi hermana dormida, quizá…
De eso nada. Aunque llevé “hábilmente” la conversación al tema de las relaciones íntimas y eso, ella se mantenía absolutamente en el papel de “amiga de mi hermana”. Intenté arrimarme un poco más, pero ella se separó. Cuando puse “tal que sin querer” una de mis manos sobre su muslo no se apartó, pero siguió hablando como si no se hubiera dado cuenta. Unos segundos después dijo “¿me permites?” mientras iniciaba el gesto de cruzar las piernas, con lo que tuve que retirarla, y ello empeoró más las cosas, porque sus piernas sobresalieron por la abertura, hasta casi las ingles, pero ella seguía en el mismo plan amistoso y tal. Y, finalmente, tuve que rendirme a la evidencia de que, por lo menos aquel día, me iba a quedar con las ganas.
Total, que fingí un bostezo, y dije que me iba a dormir, porque aquella situación no podía mantenerla mucho tiempo más. Por el dolor de testículos, más que nada.
Camino de mi dormitorio, salió Carla del que compartía con su amiga. Una camiseta cortita, que le dejaba el ombligo al aire, y unas braguitas por todo atuendo. Huí lo más dignamente que pude.


A pesar de todo, creo que me dormí casi instantáneamente. Había dejado la puerta entreabierta (costumbre de vivir solo) aunque en verano no suelo dormir con mucha ropa, y aquel día de bochorno estival, “no mucha” era “ninguna”. Vaya, que estaba desnudo sobre la cama. La oscuridad era absoluta, aunque la ventana estaba abierta de par en par, porque no había alumbrado público cerca. Soñé…
¡Y vaya sueño!. Estaba desnudo en una habitación de estilo oriental, tendido sobre unos cojines, bebiendo algo deliciosamente frío, con sabor a frutas, que acababa de servirme una especie de odalisca, con la cara cubierta por un velo, que era su única ropa.
Después de dejar la bandeja sobre una mesita baja, se acuclilló a mi lado, con lo que pude contemplar su sexo, apenas oculto por un ligero vello de color rubio ceniza (¿comprenden por donde iba mi ensoñación?). Porque, efectivamente, vi perfectamente sobresalir sus pliegues, formando como una especie de penachito… Y mientras miraba hipnotizado aquel coñito tentador, ella empezó a pellizcarme suavemente las tetillas, con lo que “mi amigo del alma” comenzó un imparable camino a la verticalidad.
Entonces pude ver por el rabillo del ojo como una segunda odalisca, tan “vestida” como la primera, se arrodillaba a mi lado, aunque de esta solo se veía, por la postura, una pequeña mata de vello oscuro recortadito, entre sus muslos apretados. Unas manos suaves y frescas me pusieron un pañuelo de seda sobre los ojos, que anudaron tras de mi cabeza.
Unos segundos después, otras manos (o las mismas, ¡que sé yo!) se hicieron cargo de mi pene, y empezaron a moverse muy suavemente arriba y abajo, dejando apenas al descubierto el glande, para luego ocultarlo en el siguiente movimiento. Otra mano inició un suave masaje, casi una caricia, en mis testículos. Me abandoné durante un poco de tiempo a las increíbles sensaciones.
Luego, tendí una mano hacia la hurí más cercana, y atrapé un pezón erecto, que empecé a acariciar suavemente. Y entonces me desperté.
Tenía mis manos puestas efectivamente sobre un pezón que era como un minúsculo pene hinchado, y dos manos se dedicaban, una a mi verga, y la segunda a mis testículos. Debí quedarme quieto, pero no. Me incorporé. Y mi hurí “real” (que era una, no dos como en el sueño) huyó, dejándome en la mano la sensación de una nalga firme, que apenas tuve tiempo de acariciar mientras se levantaba apresuradamente.
Sin reparar en que me encontraba como mi madre me trajo al mundo, salí tras ella, pero solo alcancé a ver cerrarse la puerta del otro dormitorio.
¡Joder con Mariluz!. Pero podía haberse mostrado “más cooperadora” cuando hubo ocasión. Además, si me estaba haciendo una paja tan sensual, ¿por qué en lugar de quedarse a acabar lo que había empezado, se daba a la fuga?. No entendía nada. Sólo que yo estaba muy, muy caliente.
Así que, sin reparar en nada, abrí silenciosamente la puerta de la habitación de las chicas, y entré. Como tenía la vista acostumbrada a la oscuridad, no me costó nada entrever dos siluetas femeninas, ambas tan desnudas como yo mismo (o eso me pareció) abandonadas en el sueño que yo sabía que era fingido en el caso de Mariluz.
¿Y ahora qué?. No sabía quién era quién, ni veía un pimiento, aunque me había acercado bastante a una de ellas, así que podía equivocarme, y despertar a mi hermana. Me imaginé la escena:
Carla se despierta sobresaltada, enciende la luz de la mesilla, y me encuentra inclinado sobre su cuerpo desnudo, con mi pene “en presenten armas”. ¿Qué le digo?. ¿Qué me diría?. Total, que después de unos minutos en los que traté de advertir algún signo que me permitiera reconocer cual de las dos mujeres desnudas era mi hermana, no tuve más remedio que retirarme a mi dormitorio, y aliviarme imaginen cómo.


Cuando desperté a la mañana siguiente…
Pero mejor continúo después con la historia, si no tienen inconveniente.



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