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Relato enviado por:
ALBA
Calificación del Relato
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10610
Enviado el:
2008-05-26
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Sara, De Sexo Hetero A Sexo Lesbico.

Resumen:
Sara es una chica muy guapa y llamativa a la que desde pequeña la ha gustado todo aquello que tuviera relación con el baile y la danza. Por ello, con sus estudios colegiales recién acabados y antes de


Sara es una chica muy guapa y llamativa a la que desde pequeña la ha gustado todo aquello que tuviera relación con el baile y la danza. Por ello, con sus estudios colegiales recién acabados y antes de matricularse en la universidad, no dudó en apuntarse para tomar parte en un “casting” en el que se seleccionaban bailarinas para dos espectáculos musicales. El acudir la obligó a madrugar para, a las cinco y media de la mañana y en tren, iniciar su desplazamiento ya que a las nueve comenzaba la selección.

Al llegar al teatro donde se llevaba a cabo el proceso de selección comprobó que los camerinos individuales se habían convertido en improvisados despachos y los múltiples en salas de fotografía. Había tanta gente que, incluso, para hacer pis era necesario esperar en la cola de uno de los dos baños que habían habilitado. Hasta cerca de las once de la mañana no la llamaron y las dos siguientes horas las pasó de despacho en despacho y de entrevista en entrevista. Como sabía que en este tipo de “casting” era casi imprescindible lucir un buen escote y enseñar mucho las piernas acudió vestida con un top de tirantes que dejaba al descubierto la parte superior de sus tetas y el canalillo y una falda por encima de sus rodillas que podía abrir por delante quitando el imperdible que la adornaba. Al acabar con las entrevistas, en las que no paró de enseñar las piernas a unos y otros, tuvo que esperar cerca de tres cuartos de hora hasta que la asignaron una de las salas de fotografía y uno de los fotógrafos se pudo ocupar de ella haciéndola infinidad de fotografías, primero vestida, después en ropa interior y finalmente, en poses muy sugerentes, sin sujetador y con la braga ligeramente bajada de forma que por delante se pudiera ver que tenía depilados sus pelos púbicos y que por detrás enseñara la parte superior de su masa glútea y de la raja del culo.

Cuándo terminó con su larga sesión fotográfica y mientras se vestía la dijeron que lo mejor que podía hacer era irse a comer a algún lugar cercano ya que antes de las cuatro no la iban a llamar para la prueba práctica. Entró en la primera cafetería que encontró y tras ir al water a hacer pis ya que, a cuenta de las colas que se formaban en los baños del teatro, se había estado aguantando y estaba a punto de mearse encima, pidió un plato combinado que decidió comer en la barra. Acababa de empezar cuándo una mujer de unos cuarenta años, con un tipo excelente y un vestido con la falda sumamente corta, se sentó a su lado y tras mirar fijamente a Sara la dijo: “tu eres una de las que están en el casting ¿no?”. Sara asintió con la cabeza y la mujer la comentó que era uno de los miembros del jurado y que, aunque no fuera demasiado ortodoxo el que pudieran verlas juntas, si no la importaba la gustaría comer con ella y así poder cambiar impresiones sobre el proceso de selección. A Sara la pareció muy bien y la mujer, sin hacer más comentarios sobre el “casting”, la entretuvo con su animada conversación hasta que se hizo la hora de volver. Sara pensaba que la llamarían enseguida pero hasta pasadas las seis, cuándo ya estaba aburrida y cansada, no escuchó su nombre. Durante algo más de dos minutos, con continuos cambios de música y deslumbrada por los focos, la hicieron bailar en el escenario y cuándo se agotó su tiempo la dijeron que esperara. La espera se la hizo interminable y entre bastidores se puso aún más nerviosa sobre todo al no haber quedado demasiado contenta de su actuación. Cerca de las nueve la entregaron una bolsa con un sujetador y un tanga, ambos de color verde claro y con muy poca tela y la dijeron que, donde buenamente pudiera y dándose mucha prisa, se quitara toda la ropa y se pusiera aquella. Como todo estaba ocupado y no daba con ningún sitio donde poder cambiarse con más intimidad hizo como otras chicas y aunque aquello estaba lleno de mirones, se desnudó por completo y se puso el conjunto de ropa interior que la habían dado. A los pocos minutos escuchó su nombre junto con el de otras nueve chicas a las que dijeron que bailaran juntas, cada una a su libre albedrío, varios temas musicales. Para Sara aquello fue un autentico desastre ya que no existía ninguna coordinación entre ellas y más de una vez chocó con alguna de sus compañeras pero las tuvieron varios minutos sobre el escenario. Al acabar estaba a punto de llorar de rabia cuándo apareció entre bastidores la mujer con la que había comido que, muy contenta y sonriente, la dio la enhorabuena por ser una de las elegidas y tras darla dos besos en la mejilla la dijo que se diera prisa en vestirse puesto que la había caído muy bien y para celebrarlo quería invitarla a cenar y así aprovechaba para realizarla la última entrevista.

Sara buscó su ropa, que había dejado tirada en el suelo y sin quitarse el sujetador y el tanga con el que había actuado, se vistió muy deprisa con el top y la falda, metió la ropa interior que había llevado puesta en el bolso y se encaminó a la salida donde la mujer, muy sonriente, la esperaba al volante de su coche.

La llevó a cenar a un restaurante próximo al hotel de tres estrellas en el que, según la dijo, iba a pasar la noche y pagado por la organización con vistas a poder formalizar el oportuno contrato durante la mañana siguiente. Sara, que había pensado en regresar a su casa en un tren que salía a la una y medía de la madrugada, se sintió muy complacida ante semejante detalle. La mujer volvió a sorprenderla y esta vez de una forma menos grata, cuándo, según cenaban, empezó a hacerla preguntas muy íntimas para, más tarde, centrarse en su actividad sexual diciéndola que, como podía entender, el informarse de aquella faceta era algo habitual con las elegidas y que era importante para poder completar su expediente. Sara, a regañadientes, se vio en la obligación de explicarla que sexualmente no se consideraba ni estrecha ni viciosa; que tenía novio desde hacía año y medio; que llevaba casi un año tomando anticonceptivos para que el chico pudiera echarla libremente la leche en su interior y no la dejara embarazada; que le mamaba el rabo con frecuencia; que la encantaba que la masturbara y que sólo la penetraba una ó dos veces al mes y siempre en los días previos al comienzo de sus reglas puesto que era cuándo más excitada se encontraba. La mujer mostró mucho interes por saber si se la metía anal y vaginalmente y Sara la contestó que sólo por delante ya que, aunque su novio no se cansaba de intentar penetrarla analmente, nunca se lo había permitido ya que, aunque le dejaba que se lo acariciara y tocara, el culo está pensado para expulsar los excrementos y nada más. Cuándo acabaron de cenar pidieron unos cafés con leche y mientras se los servían, la mujer aprovechó para ir al water. Al regresar mantuvieron una conversación distendida sin que faltaran algunas risas. Al cabo de un rato y tras pagar la cuenta, la mujer la dijo que se estaba haciendo tarde y que, a cuenta de la actividad desarrollada y las emociones del día, estaría cansada por lo que era más que aconsejable que se acostara.

Según salían Sara recordó que, con la emoción y las prisas, aún no había comunicado a su familia la noticia y aunque eran más de las once y medía decidió llamarlos por teléfono en cuanto llegara al hotel. En cuanto cruzaron la puerta del restaurante empezó a sentirse confusa y bastante rara. De repente notó que las piernas no la sostenían. La mujer, agarrándola por la cintura, se interesó por lo que la ocurría y en aquel instante se acercó a ellas un chico alto y joven, que estaba paseando por delante del restaurante, al que la mujer, sonriendo, dijo: “esto ya está a plena marcha”. A Sara la pareció haber visto a aquel chico entre los bastidores del teatro y que cuándo se cambió de ropa no la quitó los ojos de encima. El hombre, sin el menor disimulo, metió su mano derecha por debajo de la falda de Sara y aprovechándose de que seguía llevando puesto el tanga verde la acarició toda la masa glútea y comprobó en repetidas ocasiones la tersura de su culo. Sara intentó gritar pero, desesperada, observó que se había quedado afónica y que la garganta la ardía al intentar hablar. Mientras el hombre introducía su mano por debajo del tanga para pasarla sus dedos por la raja del culo fue cuándo se percató de que la mujer, viendo que no iba a lograr emborracharla ya que se había negado a beber otra cosa que no fuera agua y con la excusa de ir al water, la había echado alguna droga en su café con leche. El hombre la introdujo un dedo en el ano y la hurgó durante unos minutos con todas sus ganas mientras Sara sentía que se estaba convirtiendo en una especie de vegetal que oía, entendía y sentía pero que no podía hablar ni defenderse y necesitaba ayuda para moverse. En cuanto la extrajo el dedo, el hombre, oliéndolo, miró muy sonriente a la mujer y la dijo: “esta tía está macizorra; vaya culo y vaya tetas tiene la condenada”. Mientras la mujer conseguía que Sara rodeara con sus brazos el cuello del hombre, este metiendo sus dos manos por debajo del vestido, la agarró del culo, la aupó y la llevó en brazos hasta el hotel donde la mujer se dirigió a recepción para recoger la llave de la habitación mientras el hombre fue directo al ascensor.

En cuanto entraron en la habitación y cerraron la puerta el hombre puso de pie a Sara al lado de la cama para agarrarla con fuerza de la cintura y dejar que la mujer la desnudara. Al quitarla el tanga la mujer le comentó que estaba un poco húmedo y el tío la dijo que quería quedarse con aquella prenda y que la depositara en el bolso de su chaqueta. El hombre comentó que Sara tenía unas tetas apetitosas y prietas. La mujer se las mamó durante unos instantes y cuándo acabó mencionó que a aquellas peras lo único que las faltaba era tenerlas llenas de leche como había sucedido con la última a lo que el hombre la contestó que, al haber parido recientemente, aquella tía se meaba en vez de correrse y parecía una vaca lechera por la gran cantidad que tenía almacenada. El hombre, pasando los brazos por debajo de los sobacos de Sara, la apretó contra él y comenzó a tocarla las tetas mientras se percataba de que tenía un rabo tremendamente gordo y largo que no dejaba de apretar contra su culo. La mujer, tras meterla dos dedos dentro y masturbarla durante un par de minutos, la puso su mano extendida en el coño y mientras se lo acariciaba la dijo: “¿a que te gusta, cerda?”. Cuándo Sara menos se lo esperaba comenzó a apretarla la almeja y cada vez con más fuerza diciendo: “como la guarrilla tendrá muchas ganas de mear voy a aliviarla”. El hombre, apretándola con fuerza las tetas, comenzó a pasarla sus dedos gordos por los pezones para ponérselos bien tiesos. Sara, aunque no la gustaba y sentía muchas arcadas, comprobó desesperada que estaba a su merced y que no podía hacer nada por impedir que aquello continuara. La mujer no dejaba de decirla “meáte, cerda, meáte” y aunque Sara hizo todo lo posible por aguantarse, la gran presión que la tía la hacía en el chocho provocó que llegara un momento en que no pudo contenerse por más tiempo y al salir el primer chorro de pis la mujer exclamó: “uff, si que tenía ganas y muchas la zorrita, que pis más rico suelta”. Apretándola con todas sus fuerzas la seta la dijo: “mea más, cerda, que me gusta verte”. La mujer, encantada por la intensa y larga meada la presionó el coño hasta que sólo salieron unas gotas. “Mira que charco has formado en el suelo con tu pis, guarra” la dijo la mujer mientras el hombre dejando de tocarla las tetas la colocó delante de él y muy sonriente, la empujó haciendo que cayera en la gran cama de matrimonio de que disponían. Después de quitarse la chaqueta y la camisa se sentó a su lado y la dijo: “ahora voy a comprobar lo puta y guarra que eres”. Abriéndola todo que pudo las piernas, se deleitó viéndola antes de empezar a tocarla con los dedos su empapada almeja. La mujer aprovechó aquellos momentos para hacer a Sara un montón de fotografías totalmente desnuda con primeros planos de cada una de sus tetas, de sus pezones, de su raja vaginal bien abierta y húmeda y del culo demostrando un especial interés por fotografiar su ano que el hombre mantuvo bien abierto con sus manos mientras la mujer sacaba las imágenes y Sara se tiraba algunos pedos. Acabó la sesión sacando dos ó tres fotografias al gran charco que se había formado en el suelo con el pis de Sara. Después le dijo al hombre que era toda suya y que se iba en busca de ayuda por lo que disponía de algo más de dos horas para hacer con la chica todo lo que quisiera aconsejándole que no tardara en meterla bien profundo su largo rabo.

Antes de que la mujer saliera de la habitación, el hombre metió a Sara dos dedos en el chocho y la masturbó con mucha energía al mismo tiempo que, echándose a su lado, la mamaba las tetas. Sara no deseaba correrse bajo ningún concepto y para evitar llegar al orgasmo empezó a pensar en cosas desagradables mientras el hombre la animaba diciéndola: “estoy deseoso por ver como te mueves al correrte, nena”. Al final y aunque le costó lograr que Sara “rompiera”, la chica no pudo evitar llegar al clímax y tras ese primer orgasmo los demás se fueron sucediendo con mucha rapidez hasta que, tras correrse por sexta vez, soltó, “tipo fuente”, otra excepcional meada de la que el tío, muy entusiasmado, no se perdió el menor detalle mientras la decía: “así me gusta, que las pedorras seais guarras, multiorgasmicas y muy meonas”. Desde aquel instante el hombre no dejó de insultarla y después de sacar que Sara alcanzara el orgasmo otras dos veces, la sacó los dedos y tras olerlos y saborearlos en su boca, comenzó a buscar por la habitación cualquier cosa que pudiera meterla en la seta. Como disponía de muchas cosas y ninguna le convencía, decidió coger un rollo de papel higiénico para tirar el papel y quedarse con el cartón con el que, tras introducírselo en el coño, la masturbó. Viendo que el cansancio impedía que Sara volviera a correrse con la rapidez e intensidad que lo había hecho en los últimos minutos, la extrajo el cartón y tras olerlo, lo tiró al suelo muy enfadado porque Sara no diera más de sí. El hombre procedió a quitarse el pantalón y el calzoncillo y se colocó delante de ella completamente desnudo. Sara vio un rabo descomunal, gordo y largo, que, como era de suponer, aún tendría que crecer más. El hombre la preguntó que, si alguna vez, había tenido ocasión de disfrutar de una polla tan grande como la suya. Pero el problema no iba a ser sólo el gran tamaño de aquel rabo ya que, como no iba a tardar en comprobar, el hombre también disponía de una potencia sexual envidiable. Sara, una vez más, intentó gritar pero no pudo. La aterrorizaba la idea de que aquel hombre la metiera de un momento a otro semejante instrumento en la almeja. El hombre, riéndose, la dijo: “guarra, ¿a que piensas que te la voy a meter por la raja?. Pues no, el chichi de las tías es para jugar un buen rato y disfrutar viendo como os corréis. Lo mío son los orificios estrechos y por eso te voy a dar por el culo” y cogiéndola por la cintura la giró varias veces para que, después de empaparla en su propio pis, acabara echada boca abajo. Abriéndola el culo con las dos manos procedió a lamerla el ano unos segundos antes de meterla, cada vez más profundos, dos dedos. Después de hurgarla con mucha fuerza se los sacaba para olerlos, chuparlos y volvérselos a meter. El hombre parecía disfrutar con aquello pero Sara siempre ha sido estreñida y su caca era dura y sólida por lo que, según pasaba el tiempo, empezó a impacientarse y la dijo “¿porque no te cagas, zorra?. Quiero que eches tu mierda antes de que te la meta por el culo”. Lo siguió intentando un poco más pero en vista de que lo más que conseguía era impregnar sus dedos en la caca de Sara y que esta se tirara pedos, procedió a sacárselos de golpe e incorporándose la dijo: “si no te cagas por las buenas lo vas a hacer por las malas” y buscando en los bolsos interiores de su chaqueta armó una pera con un rabo monumental cuya base llenó de agua muy caliente en el water. Después y haciendo que Sara lo viera, depositó varios laxantes en el agua, lo cerró, lo agitó y se volvió a sentar junto a Sara a la que dijo: “verás que cagada más rica te voy a provocar y que a gusto la echas”. Abriéndola con dos dedos el ano, la metió de golpe el largo rabo de la pera y riéndose de la agitación que con ello provocó en la chica, apretó la parte superior para que el contenido cayera en el intestino. Aún se lo estaba echando cuándo hizo su aparición la caca. Al verla, el hombre se apresuró a vaciar todo el contenido, la sacó la pera y la abrió con sus dos manos el culo para contemplar la salida masiva de la mierda, que fue cayendo en la cama, exclamando: “me encanta que seas tan cagona y que sueltes tu excremento sólido y duro”. Sin permitir que terminara de cagar el hombre se puso detrás de ella, la abrió aún más las piernas y tras dejar que saliera un nuevo follete, la colocó el rabo en el ano. Echándose encima de Sara hizo que su descomunal polla arrastrara la caca que aún no había salido y entrara por completo a través del recto para que el capullo se acomodara perfectamente en el intestino. Sara se retorcía de dolor pero el hombre, impasible, metió sus manos por debajo del cuerpo de la chica para apretarla las tetas al mismo tiempo que se movía. Sara sentía un dolor tremendo con sus movimientos de mete y saca y ni tan siquiera podía morder algo ú ocultar su cabeza debajo de la almohada. La parecía que, de un momento a otro, su culo iba a estallar a cuenta de aquel rabo tan largo y gordo y que, al final, la polla iba a terminar saliendo por su estómago. De repente, notó que el hombre, muy agitado, la echaba una gran cantidad de leche dentro del intestino. Al menos se había corrido con rapidez y pensó que con aquello su tortura iba a acabar pero no fue así ya que, aunque el hombre no tardó en sacársela para permitir que saliera en tromba y casi a presión la mierda que aún conservaba dentro de ella lo que hizo que la caca llegara a caer hasta en la pared de la habitación, pudo observar que, a pesar de haberse corrido, no había perdido ni un ápice de su erección y que, tras decirla: “menuda boquete tienes como ano, zorra”, procedió a metérsela entera de una manera lenta para, acto seguido, sacársela despacio y tras pasársela varias veces por la raja del culo, volvérsela a meter. Con ello estuvo entretenido un buen rato hasta que, al final, decidió mantener el rabo dentro del ano de Sara y volver a darla por el culo imponiendo un ritmo de penetración muy rápido con el que, además de golpear continuamente con sus duros y gordos huevos la raja vaginal de Sara, la aseguró que no iba a tardar mucho en echarla otra buena ración de leche y efectivamente, unos cinco minutos después volvió a correrse y un poco más tarde se meó dentro de su culo que, sin duda, fue lo que más complació a Sara de todo el proceso ya que con su pis se sintió un poco más aliviada de sus dolores. Esta vez y quizás al darse cuenta de que no disponía de mucho tiempo, no se la sacó y continúo dándola por el culo con movimientos rápidos al mismo tiempo que, como si la estuviera ordeñando, apretaba y tiraba con fuerza de sus tetas. No había pasado mucho tiempo cuándo la mujer volvió a entrar en la habitación acompañada de otro hombre de, poco más ó menos, la edad de la fémina y al que llamó varias veces “uno” que se sentó en la cama, miró fijamente a Sara y observó como el otro hombre la daba por el culo. La mujer apremió a “uno” para que se ocupara de Sara pero este la dijo que dejara terminar su labor al otro hombre. “Uno” se tumbó junto a la chica y tras decirla: “realmente estás muy buena y enseguida voy a ver si en la cama eres una autentica puta”, mandó a la mujer que acariciara los huevos al hombre que estaba enculando a Sara y que, tras lamerle el ano, le metiera un dedo bien profundo en el culo con lo que excitó aún más el hombre que estaba encima de la chica con lo que enseguida volvió a correrse y por tercera vez la soltó su leche en el interior del culo. “Uno” le hizo continuar durante unos minutos con el propósito de ver como al encularla salía al exterior parte de la leche que la había echado el otro hombre. Finalmente, “uno” le dijo que la sacara el rabo del culo y en cuanto lo hizo le mandó colocarse delante de Sara para que esta pudiera volver a ver las excepcionales dimensiones del rabo completamente tieso del tío, que estaba lleno de caca y humedad, sin que la chica se explicara cómo había podido lograr metérselo entero por el culo.

“Uno” se colocó más cerca del trasero de Sara y metiéndola un dedo en el culo, la hurgó con esmero mientras le decía al otro hombre, informándole de que se la había “cepillado” vaginalmente pocos minutos antes, que se fuera al water con la mujer para que esta le chupara el rabo y se lo limpiara de la caca de Sara antes de que procediera a darla por el culo todo el tiempo que quisiera. A “uno” también le agradó el culo de Sara ya que, sin decir palabra, estuvo hurgándola con su dedo durante bastante tiempo mientras que con la mano que tenía libre la acariciaba la masa glútea. El silencio se rompió cuándo, en el water y mientras la mujer se la mamaba, el otro hombre estuvo a punto de correrse y aunque el tío pretendía echarla la leche en la boca para que se la tragara, la fémina le pidió a gritos que se la echara en la cara y en las tetas. Después de ese inciso, “uno”, hurgándola con más intensidad, exclamó: “bonito culo, guapa; ahora me gustaría verte cagar porque algo de mierda te quedará, ¿no?” y sacándola de golpe el dedo, impregnado en caca, contempló la salida de una moderada cantidad de mierda que, esta vez, fue mucho más líquida. “Uno” se incorporó y se desnudó con mucha rapidez. Sara no tardó en comprobar que su rabo no era tan descomunal como el del otro hombre, que en el water acababa de empezar a dar por el culo a la mujer, pero tenía muy buenas dimensiones. Cogiéndola de la cintura “uno” hizo que Sara quedara acostada boca arriba. Abriéndola bien las piernas la contempló con detenimiento y la dijo: “confío por tu propio bien en que tu apetecible seta me de mucho gusto”. “Uno”, con su mirada fija en el coño de Sara, se movió un poco el rabo con la mano y colocándose entre sus piernas de la chica, se echó encima de ella y se la metió vaginalmente hasta el fondo para empezar a moverse de una manera rápida. Sara volvía a tener ganas de mear y con los envites que la pegaba el hombre con sus movimientos, aparte de notar que se la salía algo de caca, apenas pudo aguantarse. Al tío le gustó que la echara el pis mientras se la follaba pero, a pesar de que le excitó, tardó un montón de tiempo en echarla una buena cantidad de leche sin detenerse en ningún momento en sus movimientos de mete y saca. Sara, contemplaba impasible, como “uno” seguía y seguía. De repente, notó que se meaba dentro de ella y el hombre, sonriendo, la dijo que ella hiciera lo propio pero Sara no tenía ganas. Viendo que no lograba echarla la leche por segunda vez, empezó a insultarla, la agarró con fuerza de la masa glútea para apretarla contra él y así podérsela meter aún más profunda y la mordió con rabia las tetas y los pezones haciéndola mucho daño. El suplicio parecía que no tenía fin y para Sara “uno” llevaba una eternidad con su rabo en el interior de su almeja. Finalmente, el hombre decidió sacarsela para colocar a Sara, que apenas podía sostenerse, a cuatro patas y así, agarrándola con fuerza por la cintura la volvió a penetrar vaginalmente. Poco después Sara, a la que esta posición “pone” mucho, no pudo evitar “explotar” con un nuevo orgasmo lo que sirvió para que el hombre, enseguida y retorciéndose de gusto, descargara por segunda vez y de manera copiosa su leche dentro del húmedo chocho de Sara. La forzó un poco más y cuándo, más que satisfecho, se la sacó la dijo: “esta noche lo voy haciendo con tres mujeres distintas y este es el quinto polvo que echo. Me ha costado que saliera pero te aseguro que ha sido el mejor”. Haciendo que Sara se volviera a acostar boca arriba, se sentó encima de sus tetas y la obligó a mamársela lentamente mientras le acariciara los huevos. Sara comprobó que, al igual que el otro hombre, “uno” tampoco perdía la erección y pensó que no iba a tardar en volvérsela a meter para emplear un montón de tiempo en correrse por tercera vez en su interior. Pero unos minutos después “uno”, viendo que Sara se la cerraban los ojos del cansancio, permitió que dejara de mamársela. Cogiéndola la cara con sus manos la besó en la boca y la dijo que como había logrado que se corriera dos veces y que, además, la echara la leche con un gusto impresionante la iba a dejar que durmiera tranquila puesto que a las nenas tan eficientes como ella había que tratarlas muy bien y evitar que nadie las hiciera el menor daño. Sara sentía que no la quedaba el menor indicio de fuerza por lo que se encontraba a voluntad del hombre que, tras acariciarla la cara, se ocupó de acostarla bien. La pasó varias veces el rabo por la raja vaginal y cuándo Sara menos se lo esperaba, la metió de golpe el puño en la seta haciéndola un fisting vaginal de corta duración pero tan intenso que la chica, aparte de mearse dos veces, llegó varias veces al clímax hasta que sus dos últimos orgasmos fueron seguidos y totalmente secos. El hombre se debió de dar cuenta de que Sara no podía continuar y sacándola el puño bien impregnado en flujo y pis, la acarició, la besó en la boca y la dijo que descansara. El hombre se levantó de la cama y se encaminó al water donde, por lo que Sara pudo escuchar, hizo que el otro hombre dejara de encular a la mujer para poder tumbarse en el suelo con intención de penetrar vaginalmente a la mujer cuándo esta se echara sobre él antes de que el otro volviera a metérsela por el culo y de esta forma realizarla una doble penetración. Sara se durmió y lo único que recuerda es que, en sueños, escuchó que la mujer, completamente salida, les decía: “sois unos auténticos cabronazos pero quiero que vaciéis vuestros huevazos y me llenéis de leche el coño y el culo”.

A la mañana siguiente la despertó el teléfono. La recepción del hotel la comunicaba que eran las nueve y medía. Estaba destapada, completamente desnuda, con la cama llena de mierda y la sabana empapada en pis. Para colmo, a cuenta de la actividad sexual que la habían obligado a desarrollar en las horas precedentes, se había meado mientras dormía y aunque en aquel momento no se percató de ello, más tarde se dio cuenta de que, gracias a aquella meada nocturna, su cuerpo se había liberado de los efectos de la droga ó drogas que la suministraron. Lo primero que sintió, aparte de frío, fue un intensísimo escozor en la almeja y unos dolores anales bastante fuertes. Verificó que, aunque ligeramente afónica, podía hablar y que, a pesar de estar cansada y muy revuelta, el efecto de la droga ó drogas había pasado ya que podía moverse perfectamente y las piernas la sostenían sin problemas. Al levantarse comprobó que, asimismo, había manchado la sabana de sangre lo que la hizo suponer que mientras dormía había tenido alguna hemorragia anal. Se dirigió al water donde se encontró con dos montones de caca en el suelo en uno de los cuales se encontraba una diminuta braga de color negro que supuso había pertenecido a la mujer y varios charcos de pis mientras que en los azulejos observó algunos goterones de leche. En la bañera estaba el sujetador y el corto vestido que la mujer había llevado puesto el día anterior lo que la hizo suponer que, a menos de que alguien la hubiera llevado otra ropa, se había visto obligada a salir de la habitación prácticamente con el chocho y el culo al aire ya que lo único que no encontró fueron los zapatos, el bolso y la ajustada y corta cazadora que llevaba por la noche. El encontrarse con semejante espectáculo la hizo pensar que la “fiesta del water” había continuado durante bastante tiempo una vez que, completamente agotada, se quedara dormida y que los dos hombres la habían dejado tan exhausta que, al no ser capaz de vestirse ella misma, la sacaron de allí casi desnuda. Sara, tras sacar la ropa de la mujer de la bañera, empleó mucho tiempo en bañarse intentando liberarse del recuerdo de aquella noche. Seguía bañándose cuándo pensó que todo aquello no la hubiera sucedido si, al igual que otras chicas, hubiera dejado que su madre la acompañara y no se hubiera puesto tan cabezota, diciendo que era mayor y sabía cuidarse, hasta que logró que la permitieran acudir sola. En ese instante se dio cuenta de que aún no había llamado a su familia y que estarían muy preocupados al no saber nada de ella por lo que, tras pensar lo que iba a decirles, decidió ponerse en contacto con ellos en cuanto saliera a la calle. Después de secarse, se vistió sin poder localizar su ropa interior ni la que llevó puesta hasta el “casting” ni el sujetador que la habían dado allí pensando que, al igual que el tanga, se habría llevado el hombre que la había dado por el culo. Con muchas dificultades para andar a cuenta de los dolores anales que la obligaron a ir muy despacio y hasta despatarrada, solicitó información en la recepción del hotel sobre quien había reservado la habitación que había ocupado. Sara se sorprendió cuándo, en principio, la chica que estaba detrás del mostrador la devolvió su carné de identidad que, según la dijo, había entregado la mujer que la acompañaba cuándo Sara, según palabras de la recepcionista, llegó “un poco indispuesta” y que la mujer debió de coger del billetero de su bolso mientras el hombre la tocaba el culo en plena calle ó la llevaba en brazos al hotel. Un poco más tarde otra chica la dijo que la reserva, con sus nombres y apellidos, se había hecho por teléfono a las diez y medía de la noche y que cuándo, al amanecer, sus compañeros de habitación salieron del hotel uno de los hombres pagó en metálico el importe del alojamiento sin querer factura aunque sí que hizo especial mención a que a las nueve y medía en punto despertaran a la ocupante que continuaba en la habitación. En cuanto salió a la calle se dirigió a una cabina y llamó a su casa. El teléfono lo cogió su madre que, llorando, la dijo: “estábamos muy preocupados; ¿te crees que es normal lo que nos has hecho pasar?; ¿por qué no llamaste ayer?; no he dormido nada pensando que te había ocurrido algo grave”. Sara la pidió que se tranquilizara y la dijo que el día anterior estuvo todo el día ocupada con las entrevistas y las pruebas y que, al acabar muy tarde, la organización la había ofrecido una habitación en un hotel de tres estrellas para pasar la noche y poder continuar con la selección esa mañana. Después de prometerla que la volvería a llamar al mediodía, fue en taxi y con bastantes dolores al lugar del “casting” donde continuaban con el proceso de selección. Allí la dijeron que no se encontraba entre las que habían superado las pruebas preliminares y que nunca se había pagado el alojamiento a ninguna aspirante. Una chica joven, que por lo visto formaba parte de la empresa encargada de la limpieza, al oírla hablar del tema la comentó que una compañera suya la había mencionado la noche anterior que, al parecer, las últimas semanas y con motivo de los “castings”, se estaban produciendo determinados ultrajes sexuales tras los que más de una acababa con el dilema de abortar ó de verse con bombo. Nadie supo darla la menor información sobre la mujer que era una completa desconocida y que, como ella misma pudo ver, no formaba parte del jurado. Salió de allí decidida a ser la primera en denunciar los hechos pero luego pensó que lo único que iba a conseguir es que se rieran de ella ya que, ni tan siquiera, conocía la identidad de uno de sus agresores.

Después de entrar en un centro comercial para comprarse un conjunto de ropa interior que, tras pagarlo, se puso en un water del establecimiento, se dirigió, otra vez en taxi, a las urgencias de un centro sanitario público puesto que los dolores anales eran cada vez más fuertes mientras que el escozor vaginal era más intenso y precisaba de algún medicamento para aliviarlos. Después de la oportuna espera, la atendió una enfermera pero, al desnudarse para que pudiera examinarla, Sara se alarmó al encontrarse manchada de sangre la braga que se acababa de poner pocos minutos antes lo que motivó que la enfermera consiguiera que un médico la atendiera con rapidez y que, al examinarla, comprobara que tenía un desgarro anal de consideración que, según la dijo, la tenía que estar “haciendo ver las estrellas”. Para no complicarlo aún más optó por darla varios puntos de sutura y para los dolores recurrió a ponerla una inyección de BUSCAPINA y la dio dos pastillas de VOLTAREN indicándola que no las tomara hasta por la tarde. El galeno, lógicamente, se interesó por conocer como se había producido el desgarro y porque tenía tan abierta y sensible la seta. Sara le dijo que la noche anterior había participado en una orgía sexual muy intensa y algunos de los chicos que la penetraron se habían pasado un poco. La chica le señaló que su intención inmediata era la de volver a su casa cuanto antes y el médico la pidió que no viajara, al menos, hasta el día siguiente y que durante unos días no usara braga ni tanga pero viendo que no le iba a hacer el menor caso decidió ponerla un montón de algodón en la braga y cubrirla convenientemente la zona desgarrada, que estaba emplazada en la parte inferior de su culo, diciéndola que, una vez en su destino, debía de acudir al día siguiente a la consulta de su médico de cabecera para que vigilara la evolución del desgarro. En cuanto salió del centro sanitario volvió a llamar a su casa para decirles que, al no haber superado la última fase en la selección, regresaba a casa por la tarde cosa que hizo, tras coger un nuevo taxi y sin comer, en un tren que salió a las cinco de la tarde. En el trayecto decidió guardarse lo sucedido para ella y no decir ni una sola palabra al respecto a sus padres, a su hermana ni a nadie ya que, pensó, lo peor que la podía haber ocurrido es que la hubieran dejado preñada y esa posibilidad, tomando anticonceptivos, no podía darse. Durante el viaje se prometió a si misma dejar de ser tan confiada; actuar siempre con manifiesta mala leche y que ningún hombre, a los que odiaba después del calvario que había pasado la noche anterior, volvería a meterla el rabo ni por delante ni por detrás. El primero en pagar las consecuencias fue su novio con el que, sin darle demasiadas explicaciones, rompió a los pocos días. Su carácter se volvió sumamente agrio y desagradable, lo que unido a sus desalientos, faltas de colaboración y algunos comentarios que hizo en los momentos menos apropiados, hizo que sus amigas no tardaran en darla la espalda y aunque se matriculó en la universidad, en los dos primeros exámenes parciales la suspendieron en todas las asignaturas.

Sara vivía como ajena a todo y con su cambio de carácter hizo pasar unos meses realmente malos a las únicas personas que seguían a su lado, sus padres y su hermana, con los que se mostraba muy reservada y casi siempre enfadada. Pero su decisión de guardarse para sí lo acontecido y la amargura que acumulaba a cuenta de ello no tardaron en afectar a su salud cosa que, lógicamente, ocultó a su familia. Comenzó teniendo problemas con los puntos de sutura que la dieron para su desgarre anal y que provocó que, con la incomodidad que ello supone, tardará mucho más de lo normal en curar. Por otro lado y como el escozor vaginal no desaparecía se descubrió, por medio de un análisis de orina, que padecía una importante infección en su vejiga urinaria que, probablemente, la trasmitió el hombre que se la folló vaginalmente y empezó con irregularidades en sus reglas que se producían cada diez días y además con unos importantes dolores menstruales que la imposibilitaban el salir de casa durante los dos primeros días de los ciclos. Su médico de cabecera, al no lograr dominar la infección que había llegado a provocar que Sara tuviera pérdidas de orina casi constantes y que a la hora de hacer pis echara muy poca cantidad y encima con muchísimo escozor, en cuanto se enteró de su problema menstrual y temiendo que pudiera tratarse de algo importante en los ovarios decidió enviarla, con carácter preferente, a ginecología para efectuarla una exhaustiva exploración inicial y un periodo prolongado de observación.

Los avatares de la vida hicieron que, tras haberla asignado a otro ginecólogo, este se negara a atenderla alegando que tenía repleta su consulta y que el realizar una completa explotación ginecológica lleva su tiempo. Como era la que menos tiempo llevaba en ginecología y había formado equipo con tal especialista en más de una ocasión, decidieron agregarla a mi consulta en la que Sara entró cohibida, temblando y casi llorando. Lo primero que me dijo y con verdadera mala uva, fue que no la agradaba absolutamente nada la idea de que tuviera que andarla en el coño. Aunque no conseguí gran cosa, intenté tranquilizarla dialogando con ella durante unos minutos sobre sus problemas menstruales antes de pedirla que se desnudara de cintura para abajo y que se pusiera en posición en la camilla con las piernas bien abiertas. Mientras la realicé la explotación, la noté muy incomoda y tensa. No dejaba de levantar la cabeza para ver lo que la estaba haciendo y me pareció que, a cuenta del miedo que tenía, se iba a mear encima de mí de un momento a otro como no tardó en suceder y a pesar de que me lo esperaba, no pude evitar que me soltara un montón de pis. El hacerla una citología fue de lo más complicado; a pesar de que sentía escozor en la almeja cada vez que meaba, la incontinencia urinaria que sufría provocaba que no dejara de echar pequeños chorros de pis pero de flujo nada de nada por lo que me decidí a preparar un enema vaginal que la inyecté en el clítoris y esperé a que hiciera efecto. No sé la cantidad de pis que podía tener almacenado pero, volviéndose a mear de nuevo “tipo fuente”, puso la camilla y el suelo perdidos de pis, con una intensísima y larga meada, antes de que empezara a correrse como una autentica maquina, orgasmo tras orgasmo, lo que me hizo pensar que en su caso podía ser hasta contraproducente haber usado un enema al que recurría con mucha frecuencia. Muchas mujeres se habían corrido y algunas más de una vez en mi consulta pero nunca había presenciado tal cantidad de orgasmos en los poco más de cinco minutos que dura el efecto. Cuándo volvió a mearse, a grandes chorros pero en menor cantidad y su actividad orgásmica cesó, la pregunté que si se encontraba bien y me dijo que estaba agotada pero que durante unos minutos había pensado que se encontraba en el cielo inmersa en un más que grato e intenso placer. Sin mayores problemas pude extraerla dos cilindros de flujo para la citología y tras explorarla, con Sara un poco más relajada, observé que la infección urinaria se había extendido hasta el útero pero que, a base de antibióticos, la podía reducir en pocas semanas para después eliminarla. Al terminar con ella y a falta del resultado de la citología mi opinión era clara: lo que la pasaba a Sara era más psíquico que físico puesto que, quitando la infección vaginal, no tenía más problemas. Mientras se vestía la hablé de que podía resultar oportuno que visitara la consulta de un psiquiatra a lo que se negó en rotundo gritándome algo así como: “joder, que no estoy loca”. A punto de abandonar mi consulta y en un tono un tanto despectivo, me dijo que se iba húmeda y que hacia tiempo que no se había sentido así. Demostrando que tenía un mínimo de educación, cosa que empecé a dudar, me dio las gracias y salió de la consulta mucho más contenta que cuándo entró.

Diez días más tarde Sara volvió a mi consulta para conocer los resultados de la citología que fueron muy satisfactorios ya que sólo denotaban la excesiva concentración del flujo, propia en toda persona que lleva varios meses con una actividad sexual nula ó prácticamente nula; la presencia de pis y la infección vaginal de la que ya me había percatado durante la exploración por lo que la dije que quería mantenerla en observación durante, al menos, cuatro ó cinco meses hasta estar segura de que la infección desaparecía por completo y que sus ciclos menstruales volvían a ser regulares. Sara aceptó y ponerla la medicación oportuna con varios comprimidos, un spray vaginal y unos supositorios que debía de ponerse a días alternos la dije que quería verla en mi consulta, al menos, una vez cada quince días y que no debía tener miedo puesto que sólo la iba a revisar y aunque ello suponía andarla en el chocho, era bastante menos incomodo que la exploración que la había efectuado días atrás. En las siguientes visitas Sara fue cogiendo confianza con lo que, incluso, llegó a comentar que cada vez la costaba menos desnudarse y que empezaba a sentirme cómoda mientras la examinaba. Un mes más tarde, cuándo ya iba superando su infección vaginal, me sorprendió al decirme que deseaba reanudar su actividad sexual y que quería que fuese conmigo. No di demasiada importancia a sus palabras pero en su siguiente visita, cuándo acabé con la revisión, me dijo que, si no me importaba, la “hiciera unos dedos” ya que cuándo estaba conmigo se “ponía” y tenía unas ganas enormes de correrse. Hice lo que me pedía y comprobé que llegaba al clímax con suma rapidez; que no necesitaba mucho tiempo para repetir y que, tras correrse tres ó cuatro veces en poco más de cinco minutos, echaba unas meadas de campeonato. Una de ellas fue tan impresionante que no pude evitar acercar mis labios a sus chorros de pis y beberme un buen trago de su líquido. Aquello complació tanto a Sara que me pidió “por favor, cómeme la seta, cómemela” y yo, que lo estaba deseando, lo hice mientras, subiéndome la falda y metiendo mi mano por la braga, me masturbé. Sara llegó al orgasmo en otras dos ocasiones y quedó tan complacida que se empeñó en recompensarme y quitándome ella misma la braga, me subió la falda y me hizo ocupar su lugar para comerme el coño que estaba muy húmedo ya que me había corrido y estaba a punto de llegar al segundo orgasmo cuándo Sara se incorporó para dejarme su lugar. Aunque soy rápida y me corro con mucha frecuencia no lo hago con la facilidad de Sara que, a pesar de ello, no paró hasta que, tras mi cuarta corrida, no pude aguantarme más y me mee en su boca. Cuándo acabé de echarla mi pis me miró muy sonriente y mientras me acariciaba con su mano extendida la raja, me dijo: “nunca había bebido pis pero estaba tan salida que me ha gustado mucho el tuyo, tan abundante y caliente; estaba muy rico”. Con aquello se inició nuestra relación sexual. Empecé a tratarla como ginecóloga, como psicólogo, como amiga y hasta llegué a convertirme en su médico de cabecera puesto que su eterno problema con el estreñimiento se agravó al aparecer unas hemorroides internas cuyo seguimiento me obligaba a introducirla analmente un dedo cada dos ó tres días. Aunque más de un día la examiné en mi casa, en la suya y hasta en el water de alguna cafetería, Sara se opuso desde el primer momento a que, incluso en mi consulta, la metiera el dedo provisto del reglamentario guante de látex y tras las dos primeras semanas, me pidió que la acariciara el ano y después la hurgara durante un buen rato primero con un dedo y después con dos puesto que, aunque no solía tener un efecto inmediato, la ayudaba a evacuar a la mañana siguiente. Un día me comentó con lágrimas en los ojos que quitando a sus padres, a su hermana y a mi, no tenía a nadie en esta vida ya que había dejado a su novio y sus amigas no querían saber nada de ella. La dije que volviera al lado de su novio y me contestó que ya no la gustaban los hombres y que su novio no había tardado en encontrar una nueva almeja en la que meter su rabo y con una actividad sexual mucho mayor que la que desarrollaba con ella. Después de hacer una pausa me miró fijamente a los ojos y me dijo: “estoy locamente enamorada de ti”. Desde ese momento, Sara, que no había dudado en confesarme sus sentimientos, se convirtió casi en mi sombra y aunque la chica me gustaba y me excitaba con sus corridas tan intensas y sumamente rápidas y sus abundantes y frecuentes meadas, me resultaba imposible poder pasar la mayor parte de mi tiempo libre con ella por lo que decidí presentarla a varias de las amigas con las que me relaciono. Con dos de ellas, Ana y Paula, congenió con rapidez con lo que conseguí sacarla de su aislamiento aunque no tardé en encontrarme con el inconveniente de que, a través de ellas, no tardó en estar informada de la amplia actividad sexual, que casi como ama y señora, desarrollaba regularmente con el nutrido grupo de mujeres, obedientes y dispuestas a todo, que tenía a mi alrededor. Sara comenzó a volver a mostrar interés por vestirse de manera elegante y poco a poco, su vestuario se fue ajustando a lo que me gusta poniéndose pantalones y vestidos muy ceñidos y sugerentes para no tardar en proponerme convertirse en una sumisa más a la que dar placer cuándo me apeteciera al mismo tiempo que ella se entregaba a mí sin ningún límite. La contesté que me agradaba mucho su propuesta pero que prefería esperar unas semanas más puesto que, además de hacerlo con nuestras dos amigas y conmigo, quería que, excepto cuándo estuviera con la regla, se masturbara hasta llegar a mearse de gusto todas las noches al acostarse y que se metiera primero un dedo y después dos en el culo y no sólo en la cama sino, aunque cagara con poca frecuencia, cada vez que defecara, antes de limpiarse y sentada en el water para que el ano se mantuviera bien abierto de manera que los dedos salieran bien impregnados en su caca a la que no tardó en acostumbrarse a ver, a oler y aunque la costó un poco más, a comer. Además en aquellos momentos estaba absorta en la labor psicológica que intentaba desarrollar con ella puesto que estaba completamente segura de que a Sara la martirizaba algo interiormente pero no llegaba a saber que era. Pocos días más tarde, tras efectuarla la oportuna revisión, nos masturbamos a conciencia y nos comimos mutuamente el chocho durante un buen rato. Al acabar, Sara me abrazó con fuerza y llorando a lágrima viva me dijo: “gracias Alba por todo, te quiero mucho”. La acaricié el pelo y cuándo se tranquilizó, me separé de ella y con un tono de voz un tanto enérgico la dije: “¿me quieres decir de una puta vez lo que tienes en tu interior?. Soy tu amiga, existe toda la confianza del mundo entre nosotras y tengo tiempo para escucharte”. Sara volvió a llorar y me contestó que una decisión equivocada la había marcado de por vida. Cogiéndola por los hombros me puse bastante histérica y sin dejar de moverla enérgicamente la pregunté: “¿qué decisión?; ¿por qué te ha marcado?; dímelo de una vez” y de esta forma, logré que se sentara y que, tras pasarla mi brazo por su hombro, cogerla con fuerza la mano y darla un beso en la boca, me contara con todo tipo de detalles lo sucedido. Observé que de lo que más resentida estaba era de haber perdido su virginidad anal de una manera tan brutal. “Me gustaría poderle cortar su gran rabo y los huevos” me dijo mientras restaba importancia a las múltiples masturbaciones a la que la sometieron; a la forma en que la provocaron las meadas y las cagadas e incluso, a que el otro hombre al que llamaban “uno” la penetrara vaginalmente y la trasmitiera una infección vaginal que padecía alguna de las otras dos mujeres con las que había follado antes, puesto que, según dijo, sabía que por más que la echara la leche no la iba a dejar preñada. Me dio mucha pena y más cuándo, volviendo a llorar, me dijo: “te quiero Alba, te quiero más que a nada en este mundo, úsame como quieras pero, por favor, hadme tu esclava”. Al final, creó que yo también lloré y la dije que, ante todo, se estaba convirtiendo en una de mis mejores amigas.

El contarme lo sucedido, tras haberlo tenido guardado en su interior tanto tiempo, sirvió para que los ciclos menstruales de Sara se normalizaran dos meses más tarde con lo que, además, terminó con el calvario que la suponían los intensísimos dolores que sufría durante los primeros días del ciclo. Sara, además, se hizo a la idea de que, aunque había perdido un año en su carrera universitaria, aún estaba a tiempo de continuar y acabarla.

Sara, finalmente, me pidió que la dejara convertirse en mi alumna más aventajada. Ello me obligó, con el beneplácito de algunas de mis amigas, a realizar tríos en los que en unos casos Sara participaba de manera activa mientras que en otros se limitaba a mirar. Durante esta época empezó a disfrutar del fisting vaginal con los que siguió siendo una autentica máquina corriéndose, meándose en abundancia y con intensidad de manera muy frecuente y echando unas cantidades de flujo realmente impresionantes que siempre acababan empapando el suelo ó la cama. La gusta que, cuándo la saco el puño tras agotar sus fuerzas, me dedique durante unos minutos a mantenerla bien abiertos los labios vaginales y que la explore el interior del chocho bien húmedo tanto de forma visual como táctil con todo detenimiento. Unas semanas después y después de lamerla durante un buen rato el ano y dilatárselo primero con un vibrador metálico y más tarde con un consolador de rosca ancha, empecé a efectuarla el fisting anal con su consiguiente vaciado de caca con el que logré que, aunque las hemorroides continúen ahí, dejaran de molestarla y de marchar sus bragas ó tangas; que venciera a su estreñimiento crónico volviendo a ser bastante regular en sus defecaciones y que su mierda dejara de ser tan sumamente dura.

Sara, hoy en día, es economista, tiene un buen trabajo y tras perder a sus padres en año y medio ha estado viviendo con su hermana, su cuñado y el hijo de ambos. Hace pocos meses estrenó una vivienda, antigua pero totalmente reformada al igual que el edificio en el que está ubicada, muy céntrica en la que llevo a cabo mis encuentros sexuales tanto con Sara como con algunas de mis amigas. Como ella dice, se ha convertido en una lesbiana guarra que me adora y siempre está dispuesta a entregarme su cuerpo para que la haga disfrutar mientras alcanzo un montón de orgasmos, como me gusta, sin tocarme al mismo tiempo que la deleito con unas copiosas meadas y cagadas que, para ella, son de lo más excitante. Además se ha convertido en mi mano derecha en todo lo relativo a mi actividad sexual y es la encargada de comprobar si me van a ser fieles exigiéndolas el depósito de objetos de valor tanto material como sentimental para las “aspirantes” y si sus deseos de convertirse en unas autenticas sumisas cerdas son ciertos a las posibles candidatas que algunas de mis amigas me ofrecen para agregar al amplio grupo. Para ello, se ha hecho con tres trasteros contiguos en el edificio donde vive que ha insonorizado y en los que ha instalado un dormitorio con una cama de matrimonio y un cuarto de baño provisto de bidé, ducha, lavabo y water. No podría prescindir de ella ya que Sara es, generalmente, la que se ocupa de coordinar que ninguna de mis amigas esté a falta de sexo relacionándose con las demás integrantes del grupo ni que las falte su contacto regular conmigo. Además esta volcada con Ana, una de nuestras amigas, a la que un día, al meterla mis dedos por el culo, noté que la había salido un bulto en el recto. Decidí hacerla la biopsia y resultó ser un tumor maligno del que la operaron el pasado mes de Diciembre y este mes han comenzado a darla, a semanas alternas, quimioterapia que la dejan para el arrastre y sin posibilidad de hacer nada por lo que Sara, María y Paula, otra dos amigas, además de animarla continuamente suelen ocuparse de atenderla, de prepararla las comidas y muchos días de dársela. Entre todas hemos conseguido que Sara no se acuerde de lo que la ocurrió en el nefasto “casting” al que acudió. Goza de muy buen humor y suele ser la encargada de animar la fiesta en los cumpleaños y demás celebraciones y así, por ejemplo, en las pasadas fiestas de Carnaval se disfrazó de María Antonieta, con un vestido muy elegante y vistoso de la época con el que resaltaba aún más sus tetas y la peluca correspondiente. Debajo no se puso nada pues, según nos comentó, además de que así podía “meterla mano” cuándo me diera la gana, tenía que ceñirse al momento y en aquel entonces no se habían inventado los sujetadores ni las bragas.

Como la gustan mucho las niñas tiene en mente el adoptar a una cría china aunque sabe que al ser lesbiana la va a resultar bastante complicado por lo que, de vez en cuándo y a pesar de que la he explicado que no se trata de un método infalible para dejarla preñada, me pide que la insemine artificialmente utilizando la leche de un donante anónimo. Su intención es que, tras tener a la niña, ella y yo ejerzamos de padres mientras que Ana, María y Paula, sus amigas más allegadas, se convertirían en sus tías.


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