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Relato enviado por:
Bounarroti
Calificación del Relato
Lecturas
9248
Enviado el:
2008-05-06
 Español Orgias y Trios Porno Eroticos
Juego De Naipes

Resumen:
Las sinuosas piernas que asomaban bajo la minifalda vaquera, estaban cruzadas delante de mí. Su pie derecho se mecía al compás de la música mientras sus dedos tamborileaban en el filo de la copa.


Las sinuosas piernas que asomaban bajo la minifalda vaquera, estaban cruzadas delante de mí. Su pie derecho se mecía al compás de la música mientras sus dedos tamborileaban en el filo de la copa.

Me tocaba barajar a mi y a ellas ponerse el antifaz.

El juego era sencillo. Nosotros jugamos a las siete y media, mientras ellas dos esperaban, sumidas en el mundo de las tinieblas, a que su fino sentido del oído, del tacto y del gusto, les diera ventaja, y no acabaran despelotadas antes que nosotros.

Era todo un puro morbo seductor, saber que cuando se mostrasen las cartas sobre la mesa, el vencedor se apropiaría de una de ellas durante unos segundos.

Pero antes, de nuevo las cartas deberían elegir, y ambas preciosas mujeres tomarían una del mazo y la pondrían boca arriba. Echada la suerte entonces a la carta más alta, el vencedor se emparejaría con ella, sin saber ninguna de las dos, quien probaría el néctar de la fortuna.

Mi amada María, apagó el cigarrillo marcado de carmín y exhaló una bocanada de humo de entre sus labios rojos. Después puso el aterciopelado antifaz sobre sus enormes ojos verdes, mostrando una hermosa y adormecida sonrisa por el alcohol.

Su escotada camisa blanca, mostraba el golpear de sus redondos senos, más aun cuando acercó el brazo a la mesa, para dejar la copa.

Mi compañero de juego, Alberto, no dejaba escapar esos preciosos momentos, y al igual que yo me deshacía en miradas a la suculenta entrepierna de su esposa, él buscaba el mórbido escote de la mía.

Las cartas mostraban sus secretos, pedí de nuevo y de nuevo quedé corto, él se plantó. Todas boca arriba señalaron al vencedor.

El mazo a las manos de aquellas treinteañeras. Las uñas largas rozaron el borde, cada una eligió carta y la posó sobre la mesa.

Ya teníamos ganador y una sumisa pareja.

Alberto, evitando hacer ruido que señalara su presencia, se colocó frente por frente a una de las dos inmóviles mujeres.

Su boca rozó aquellos carnosos labios, y una tímida lengua acarició sus pliegues, hasta tocarle los dientes que asomaron casi imperceptibles a mi mirada. Las manos de María estaban cerradas como puños nerviosos, queriendo tocar aquella cara desconocida, pero supieron permanecer pegados a sus rodillas. El pecho iba a estallarle entrecortado por la respiración, mas quieto quedó, al notar el suave roce de la piel de ese amante desconocido, entre sus tersas y enjutas tetas.

El silencio se prolongó unos segundos, hasta que mi amante esposa exhaló el aire contenido y se estremeció, al sentir la piel de gallina.

*(J) Ya os podéis quitar eso… No ha habido suerte Nuria… (afirmé).

- (N) ¿Qué ha pasado..? Yo estaba que me iba a dar algo.. Mira que jugar a estas cosas…y no ver nada..

**(M) Tu dices eso porque no te ha tocado a ti… pero la verdad es que es muy fácil adivinar. Porque esa colonia la conozco perfectamente… Ha sido mi Jose.. Y ha estado muy bien eso del beso.. Aunque no lo tenía claro.. al principio.

*(J) Pues es que ya había pensado yo en eso cariño.. Por eso mismo Alberto y yo nos hemos puesto la misma colonia hace un rato en el baño.. Y por eso mismo has perdido guapa…



El juego había empezado, y se mostraba más interesante de lo esperado. Sobretodo cuando Nuria le quitó la prenda que María había perdido, al no reconocer a su amante desconocido, como mandaban las reglas del juego.

No supe si la mirada absorta y avergonzada de mi esposa, era debido a la sorpresa, o a verse desprovista tan temprano de la camisa que aprisionaba sus pechos, ahora livianos y saltarines al son de su movimiento.

Cambio de turno, ahora eran ellas las que nos pasaban los antifaces. Algo me decía que las risas tan a flor de piel de nuestras parejas, a pesar de encontrarse una con el pecho descubierto y la otra con el tanga por el suelo, no era sólo debido a las copas que habían caído a lo largo de la tarde. Parecía mas bien que se estaban dando los pasos adecuados en una dirección preparada por ellas, y al parecer eso les agradaba.

Yo no me imaginaba que encontrarse en esa situación tan desventajosa fuera a provocarle esa bis cómica tan tensa. O lo estaban preparando o estaban acojonadas.

Como ahora el turno me dejaba desprovisto de decisión, hice lo único que popdía hacer y tomé trago de Wisky que me relajó lo necesario.

Me dejé caer en el respaldo del sofá y cerré mis ojos tapándolos con aquella tupida tela.

Las mujeres se habían puesto de pie para jugar sus cartas, y después de cuchichear algo entre risas, me ofrecieron la baraja entre las manos. Saqué una carta y Alberto sacó la suya, ambas sobre la mesa cuadrada del salón. Pero ahora, eran las dos mujeres las que actuaron de vencedoras, obedeciendo al destino que había elegido a sus parejas.

Unos dedos ligeros desabotonaron mi camisa con rapidez, y unas grandes uñas afiladas pellizcaron los pezones de mi pecho. Cada vez más fuerte, tirando de ellos, se pusieron duros y arrugados, como a mi me gusta. Me estremecí al notar la humedad de una lengua posándose sobre los doloridos apéndices, jugando y lamiendo a su alrededor. Para entonces, el pene me oprimía dolorosamente en mi entrepierna deseando liberarse.

Pude escuchar los gemidos de mi compañero de juegos, cuales no acerté a saber su causa, y también mi propia respiración ante el desconcierto de no adivinar quién nos había tocado de pareja misteriosa. Sobretodo cuando la mano que se posó sobre el paquete de mi pantalón, rebuscó la forma y consiguió estirazar el pedazo de rabo que me estaba matando. Lo colocó derecho bajo la tela, y lo acarició dulcemente mientras sus labios besaron los míos un instante, para desaparecer de mi lado aquella presencia femenina.

Cuando me quité el antifaz vi a esas dos mujeres abrazadas mirándonos. Sonrientes disfrutaban de una victoria merecida, nos habían desarmado completamente. Alberto estaba descamisado y tenía la bragueta abierta. Su mirada estaba perdida, boquiabierto y ensimismado, con el pecho lleno de marcas de carmín rojo.

María me miraba aceptando que la había pillado, riéndose y relamiéndose el carmín que se le había corrido por toda la cara.



-(N) Oye Jose. Tu mujercita es una putita de cuidado… Nos ha ganado la partida…



Al decirme eso, Nuria mostró el pene de Alberto que estaba oculto por el pantalón.

Ese enorme falo tenía carmín por todos sitios, y una preciosa semierección.



-(N) Pero no te preocupes, que esto no va a quedar asi..



Y acercándose a mi entrepierna, desabotonó la bragueta y me agarró la Poya entre las manos. La introdujo en su boca, y empezó a comérmela como nunca sentí habérmelo hecho. La introducía hasta el fondo y cuando la sacaba, hilos de babas que pendían de mi pene se perdían dentro de su garganta.

María se había acercado y dejado caer sus pelotas blancas sobre la boca de mi amigo, quien lamía con vehemencia. Su mano se perdía bajo la entrepierna de mi mujer, abriendo el pantalón de lino negro y rebuscando bajo sus finas bragas transparentes.

Mi erección era descomunal, deseaba aguantar pero aquella “zorra” se deshacía en mi pene, me rompía con sus succiones y sus movimientos manuales, deseando que me corriera en breves instantes.

Empecé a gemir … le agarré la cabeza, con los ojos fijos en su boca…Al sentir las sacudidas, sacó el pene hasta dejarlo posar en su lengua carnosa…. Y esperó que mi esperma inundara su cavidad bucal.

Una y otra vez descargué mi esencia blancuzca entre sus dientes, mientras sus ojos no dejaban de mirarme, de rebuscar en mis facciones el momento máximo de placer, el orgasmo puro, para rozarme en ese momento con la punta de la lengua, en la húmeda hendidura de mi falo.

Cuantas veces había deseado tomar aquella maravillosa mujer.

Cuantas veces soñé con destrozarla con mi rabo y terminar desparramándome sobre su piel. Pero nunca imaginé empezar por el final.

Cuando no quedó nada dentro de mi, se recreó mostrándome ese líquido manjar, asomándolo entre sus labios para perderse de nuevo en la oscuridad de su boca, después la cerró y se lo tragó todo.

Para entonces María tenía el pene de Alberto bien enfundado en su coño. Se había sentado encima de él y botaba como una loca mientras penetraba insistente aquella enorme poya entre los pliegues de sus labios. Su enorme culo repingón botaba entre las piernas de mi amigo, lo mismo que las tetas lo hacían delante se su cara.

Hubo un momento que dejó el pene dentro de si, mientras se besaba apasionadamente, mostrando el ano que tanto deseaba tomar, sonrojado y lubricado por esa penetración tan cercana.

No lo dudé, me levanté y ensarté mi rabo dentro de él.

Nada mas penetrar el glande dentro de aquella pequeña abertura, note perfectamente el duro miembro que tenía ensartado dentro de su coño. Nuria, lubricaba mi poya lamiéndolo, salibándolo para que entrase con facilidad, quizás pensando acertadamente que tarde o temprano seria ella la afortunada en probar tal sensación.

Al final, ensarté mi poya entre su culo prieto. No podía ver su cara, pero sí escuchar sus gemidos y ver los ojos atónitos de Nuria y Alberto cuando dejaban de besarse. Alberto apenas podía moverse, sus livianos movimientos se convertían en una suave penetración, pero lo que yo le estaba dando no era broma. La estaba follando a tope por ese culito tan maravilloso.

Cuando al fin me vino de nuevo el orgasmo empecé a sentir espasmos en el abdomen.

Mire a Nuria y la esperé de nuevo. Ella supo entenderme. Abandonó a su marido, se acercó a mi entrepierna y de nuevo recibió el jugo de mis entrañas entre sus dientes.

María, que ardía en el placer de la locura más morbosa, la besó apasionadamente, y entre las dos se repartieron el lechoso manjar.

La función continuó y se cambió de pareja. Ahora era Nuria quien recibía los poyazos en el coño, pero yo no quise dejar de penetrar aquel pequeño agujero. La misma postura, el mismo frenesí, y mi tremendo rabo entrando hasta el fondo de sus entrañas. No pude soportarlo más y me corrí dos veces más en su tremendo culo. Alberto hizo lo mismo, y al ver a mi mujer sola y desesperada patiabierta en el sofá, refrescando los labios de su coño con el vidrio helado de la copa, se apartó para dedicarse a follarsela. Y yo, cambie de postura para volver a penetrar a esa mujer tan atractiva, con ese cien de pecho, sus dos pezones saltones y arrugados , y un cuerpo excepcional, que yo había deseado miles de noches. Y mientras mi pene transmitía la emoción de mi ser entre sus piernas, un beso apasionado y entrelazado de lenguas y humores salibares, regaló la quintaesencia del deseo a aquella mujer, amiga nuestra y fabulosa amante.

Cada vez que removiendo entre los cajones del salón, me encuentro con la baraja de naipes, desordenada y adormecida en su pequeña cajita transparente, siento una punzada entre las piernas, y un requemor en el vientre, que me deja intranquilo, ensimismado y apasionadamente morboso.





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