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Relato enviado por:
Martin H
Calificación del Relato
Lecturas
4873
Enviado el:
2005-10-23
 Español Maduritas Familiares
Carol (i)

Resumen:
Después de MRS. Robinson. Una aventura inesperdada, pero muy agradable...


Llevaba varios días sin poder ver a Pili, se había ido una semana con su familia a casa. El único contacto con ella, era tan sólo por teléfono y mensajes de texto. Como el primer fin de semana de octubre no iba a poder verla, decidí ir con mis padres a la casa de campo que tiene la familia. Es de todos los hermanos pero allí vive durante todo el año (está a 1 hora de la ciudad) el hermano de mi padre: Ramón, su mujer Carol con sus dos pequeños: Luis y Ramón de 6 y cuatro años. Así que podía ser un buen fin de semana, dedicado a jugar un poco al golf y a montar a caballo. Mi tío tiene una cuadra con bastantes caballos, como afición.

Llegamos el viernes por la noche, nos acomodamos, yo tengo mi habitación en el último piso de la casa, en cuarto, un aprovechamiento bajo cubierta, una habitación abuhardillada con baño propio, dos camas… Estoy aislado del resto por una escalerita de madera. La habitación tiene una venta estrecha y una claraboya grande, es ideal para descansar.

El sábado, por la mañana siguiendo los planes (después de hablar con Pili:

- Martín, cielo tenemos que vernos, llevo sin follar con mi marido un montón de días, no me apetece nada, sólo quiero hacerlo contigo
- Podemos quedar el miércoles
- Cariño, qué va, el miércoles no me vienen bien los turnos
- Pili aunque sea en los contadores
- Vale allí nos veremos, Martín, te estás tocando
- Qué dices, estoy en mitad del campo de golf con mi tío
- Vale un beso cariño

Hice un buen recorrido del campo, pero sin dejar de acordarme en Pili, incluso en Sara, aunque su hija sólo se atrevía a enviarme sms, no me llamaba y lo cierto es que yo prefería a su madre.

Al llegar a casa estaba todo dispuesto para el almuerzo, los sábados las dos chicas del servicio libran, con lo cual lo habían preparado mi madre y mi tía Carol. Empezamos a comer… y sin querer comencé a fijarme en mi tía Carol. Carol, es de Nueva York, tiene 44 años, la conoció mi tío, es más joven que él, en su estancia como Director internacional de una compañía de seguros, se casaron y se vinieron a vivir a España.

Durante la comida la miraba insistentemente, no me podía contener, empezaba a despertarme una cierta curiosidad. Carol es negra, más bien mulata un negro muy atenuado, uniforme; lo que estaba dándome mucho morbo, un morbo prohibido que intenté apartar de mí. Pero mis ojos seguían fijándose en ella, sabiendo que en lo animado de la conversación nadie se fijaba en mí. Carol llevaba una camisa cuyas mangas llegan hasta la mitad del antebrazo, abrochadas con gemelos, rayas azules sobre fondo blanco, con sus iniciales bordadas C.W. (Carol Westeryn), una falda por encima de sus rodillas y unas alpargatas de esparto azules. La camisa la tenía desabrochada en sus dos primeros botones, dejando ver un colgante dorado. El pelo corto, lo tenía peinado hacia delante. Su cuerpo es perfecto, lleva una vida dedicada a él, sale a correr cuarenta minutos al día, cuando llueve nada en la piscina –que esta cubierta del jardín- y monta muy bien a caballo. Sus pechos son de tamaño mediano, pero muy firmes y esbeltos. Pero el culo que se adivinaba detrás de su falda, era prietito, de tamaño medio pero muy bien.

Nunca me había fijado en ella de esa manera, me había dado durante mucho tiempo clases de inglés, habla español muy bien, pero con un acento muy simpático sobre todo cuando habla rápido. En la mesa yo la tenía enfrente a la izquierda, con lo cual me fijaba con mucho atrevimiento. Cuando me fijaba en sus labios, carnosos, con una boca amplia de la que asomaban sus dientes blanquísimos, los observaba como estaban cubiertos por la salsa y como sacaba su lengua levemente para limpiarlos, en ese instante me vio, me miró y se sonrió. Yo sorprendido bajé la vista, y al volver a querer mirarla, ella me estaba mirando a mí. Se me aceleró el corazón, porque creía que me había pillado, ahora ella no participaba en la conversación y sólo me miraba a mí. Al final del almuerzo, mirándome fijamente se mordió el labio inferior… En ese momento me asusté, todo había ido demasiado lejos… Así que dije:

- Recojo yo la comida, lavo yo los platos

A todos les pareció bien, continuarían el café en el jardín en la parte cubierta del porche. Pero Carol, agregó

- Ayudo yo a Martín, hay muchos cacharros

La miré, sorprendido, estaba poniendo los cubiertos en el carrito y ella me dijo que se lavaría ella los cacharros, así que se fue a la cocina.

Cuando llegué a la cocina estaba Carol en el fregadero lavando las tarteras más grades, así que yo empecé a meter los cubiertos y platos en el lavavajillas. Hablamos de cosas normales, pero yo estaba muy nervioso. Quizá me estaba imaginando cosas que no pasaban ni habían pasado, pero mis nervios, el morbo y una cierta excitación de lo prohibido se apoderaban. Al hablar yo me la imaginaba desnuda, y la miraba así, desnudándola; ella impertérrita seguía preguntándome si necesitaba ayuda con el inglés, o que mi primo Luis hoy quería dormir con su primito mayor, si tenía algún problema… Cosas sin importancia.

- Martín, coloca esta tartera en la alacena de arriba que yo no llego.

La repisa del armario en cuestión, estaba enfrente de Carol, sin embargo ella no dejaba de secar unas cosas, con lo cual para colocarla me puse tras ella, abrí el armario y la deposité. En ese instante mi cuerpo tocó el suyo, nos rozamos… Mi pene como nunca, se estiró a través de mi pantalón, era una erección incontrolable, me intenté separar pero Carol sin decir nada puso sus dos manos por detrás de mi culo he hizo presión para que mi cuerpo se uniera más a su culo. Yo fingía seguir colocando la tartera, pero no podía dejar de notar como mi polla, totalmente rígida a través de nuestras ropas se acomodaba a la ranura de sus nalgas que a pesar de mi pantalón y su falda notaban como me presionaba. Lo pasaba bien, pero nadie habló.

De pronto al llegar uno de mis primos me aparté rápidamente. Quería que Carol le diera una chocalatina, ella se la dio y el pequeño Ramón se fue. Iniciamos otra conversación, sobre lo importante que son los idiomas, y que tendríamos que hacer un viaje familiar a Estados Unidos para enseñarnos cosas… La situación parecía que no había ocurrido. Faltaban aún dos o tres tarteras, así que yo deseaba que me ordenara colocarlas para dejarle claro que aún seguía empalmado. Ella se había enrojecido pero muy ligeramente.

- Martín, aunque no fumes te importa encenderme un cigarro, los tengo en el bolso en la habitación, sube a por ellos por favor, sigo yo aquí.

Subí a recogerlos, en las escaleras miré al jardín donde los pequeños jugaban y los mayores hablaban animadamente. Bajé con la cajetilla de Marboro y el mechero.

- ¿Te lo enciendo yo? O te lo llevo a la boca
- No, enciéndemelo tú por favor.

No hace falta decir el grado de excitación, no fumo, y detesto el tabaco, pero pidiéndomelo esta adorable mulatita, haría cualquier cosa, encendí el cigarrillo, pero ensalivé con abundancia la boquilla. Se lo metí en su boca, ella tenía las manos ocupadas. Al tiempo me mandaba que dejara la ceniza.

- Dale otra calada, bribón – se sonreía al decirlo
Se la di, ya quedaba muy poco del cigarro, pero muy bien ensalivada. Noté que le gustó. Y yo me asusté un poco… algo podía pasar. Los nervios hicieron que dijera:

- Carol me voy a por unos caramelos para que nadie note que he fumado
- Vale, que nadie piense que tu tía te está viciando, ¿no? – y me guiñó el ojo. Ella estaba mucho más excitada de lo que yo creía.

Iba a subir a mi habitación, pero al pasar por el segundo piso donde tienen la suya mis tíos y sus hijos, volví a entrar en la habitación de mis tíos, cogí la pieza de abajo del pijama de mi tía Carol, un pantaloncito rosa. Me puse sobre su cama y empecé a pajearme con él, muy rápido acabé enseguida, muy rápido. Esparcí el semen por toda la costura, y lo dejé bajo la almohada. En ese momento comprendí que podía ser una locura, pero estaba a mil. Subí a por los caramelos y bajé a la cocina.

Carol había acabado ya

- Martín, te has librado de lo ultimo, con la excusa de los caramelitos…
- ¿Quieres uno?
- Quiero el tuyo. La respuesta me dejó atónito. Pero yo como estaba tan excitado, metí mi mano en la boca…
- No, no, bruto, con la mano no. Se había quitado la bata de cocina, desabrochado dos o tres botones de su camisa, de modo que podía ver perfectamente una parte de su sujetador blanco, y se tocaba su pecho derecho hasta dejarlo al descubierto, con su pezón turgente… Al tiempo nuestras bocas se arrimaron y ella presionó sus labios a los míos e introdujo su lengua, me retiró el caramelo y lo dejó caer por su comisura.

Yo estaba excitadísimo, mi pene no cabía en mi pantalón tejano, y ella me estaba arrastrando paso a paso hasta la despensa

- Quiero que me folles, pero muy rápido nadie tiene que notarlo…

En ese instante perdí todo miedo, la empujé, cerré la puerta de la despensa, es correriza… le desabroché un botón más de la camisa, le saqué sus tetas negritas y se las chupaba, magreaba, toqueteaba… Ella acelerando los tiempo me había bajado los pantalones, se había quitado la braguita y dejado caer su falda. Pude ver su coñito, su vello púbico… dirigió mi polla hacia su vagina, midió la penetración
Y en ese momento yo la cogí por sus rodillas y empecé la cabalgada
- Más rápido, cabrón, folla a esta negrita…

A penas sin ruido acabé, me corrí como nunca, sudando mucho. Ella me mordió mi labio inferior y jadeaba como una loca…

- Si pudiera gritar… me ha encantado estoy feliz.

Con mi polla flácida, bajó, me la lamió. Y una vez que estuvo levantada, yo le metí mi dedo en la vagina. Oímos pasos por el pasillo, así que ella se subió las bragas, se ajustó su falda, yo le coloqué sus pechos en su sostén y salí a la cocina abrochándose la camisa. Era mi madre, venía a buscarla, Carol dijo que yo estaba en la despensa colocando cosas… Y las dos fueron al jardín hablando normalmente.


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